"Divulgadora: el origen"

Nota: Este artículo es una actividad realizada para el Diploma de Experto Universitario en Comunicación y Divulgación de la Ciencia (UPV-EHU/UPN). Es la tarea 1 de la materia Los discursos de la ciencia en la esfera pública en el siglo XX "¿Cuándo me hice divulgadora?"

Nunca se me han dado bien las ciencias. Bueno, mejor dicho, nunca me han enseñado la ciencia de una forma que yo pudiera entenderla. Por lo tanto, en principio soy una persona más que ha ido a parar a ese cajón de sastre donde van todos los que no valen para ciencias. Como estudiante a la que “no se le dan bien las ciencias”, me metí en una carrera de letras puras: Traducción e Interpretación. “A Elena se le dan muy bien los idiomas, lo sacará sin problema”. Para sorpresa de todos (de todos menos mía) salí corriendo del número 55 de la Calle Puentezuelas de Granada, donde se ubicaba mi entonces facultad, para no mirar atrás.

Los meses que siguieron fueron un poco extraños. Con 20 años, ¿quién sabe qué quiere hacer con su vida? Probé de todo hasta que me di cuenta de que se me daba bien contar historias. No sabía exactamente sobre qué, pero quería comunicar.  Y así, en septiembre de 2019, empecé mi segunda carrera: Comunicación Audiovisual. 

Sin embargo, en 2020 vino el siguiente giro de guion de mi vida (y no, no fue la pandemia): me diagnosticaron migraña, una enfermedad neurológica que yo siempre había visto en casa pero que jamás me pude imaginar que podría llegar a ser tan incapacitante. En este punto, empieza mi peregrinación por diferentes consultas de neurología hasta que, el 17 de marzo de 2021 llega lo que para mí fue una revelación: por fin encuentro una neuróloga que me explica qué está pasando dentro de mi cerebro en un lenguaje que puedo entender. Yo entonces no lo supe, pero ese día me convertí en ¿comunicadora científica? ¿Divulgadora científica? ¿Periodista científica? Aún no lo sé, pero no dejemos que una etiqueta condicione el resto de la historia. Sigamos. 

De vuelta a casa en el tren (vivo en Madrid y esta neuróloga en Barcelona), no se iba de mi mente el hecho de que yo, que en ese momento podía pagarme una consulta con esta neuróloga, tuviera acceso a la información necesaria para manejar mi enfermedad y otras pacientes que carecían de los recursos que tengo, no. Me parecía del todo injusto. Además, buceando en internet sobre la información sobre migraña que había disponible, me encontré con un panorama desolador en el que primaba la desinformación con fines lucrativos; personas que se beneficiaban (y benefician) de la desesperación de pacientes como yo que no encuentran un alivio para los terribles dolores de cabeza que nos paralizan día sí y día también. No iba a cambiar el mundo de la migraña por abrirme una cuenta de Instagram (@maldita_migranha) pero, ¿tenía algo que perder?

Me lo pensé muchas veces porque tenía miedo de hablar de salud ya que carezco de la formación necesaria para ello (recordemos, soy comunicadora), por lo que empecé por contar mi experiencia. Poco a poco fui creando una comunidad cada vez más grande que me ha dado mucho tanto a nivel personal como profesional. 

El punto de inflexión fue que me llamaran para ser ponente en Migraconectados, una jornada organizada por SEDENE (Sociedad Española de Enfermería Neurológica) dedicada única y exclusivamente a la divulgación de la migraña. A raíz de esta oportunidad, perdí ese miedo inicial y entendí que tenía mucho que aportar. Empecé a investigar por mi cuenta temas de migraña y amplié el espectro de búsqueda a otras cefaleas, siempre cuidando mucho las fuentes y no publicando nada de lo que no estuviera al 100% segura. Puede decirse que en este momento comencé a divulgar de verdad desde un punto de vista científico. 

En este camino, me topé con divulgadores y divulgadoras de otras disciplinas y pensé: yo no quiero hacer cine, no quiero hacer fotografías, no quiero trabajar en un plató de televisión; quiero ser divulgadora científica. Pero no sabía nada de este mundo, ni siquiera sabía que se podía vivir de ello, así que, tras un par de búsquedas infructuosas en Google con los términos “comunicación y divulgación de enfermedades” y obtener resultados un poco extraños, abandoné la idea. 

Los meses fueron pasando hasta que, en verano de 2023, mi universidad publicó una convocatoria para una plaza de becaria en la Unidad de Divulgación Científica de la Facultad de Veterinaria (UdcVet) de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). No tenía ninguna esperanza, pero decidí solicitarla porque, por el título, se ajustaba bastante a lo que estaba buscando. Sorprendentemente, pasé todos los filtros y me citaron para una entrevista en septiembre. Recuerdo ese día con claridad: no estaba nada nerviosa, había hecho otras entrevistas antes, hasta que entré en la sala donde me habían citado y me encontré con ¿7? ¿10? personas en una mesa que iban a evaluar todo lo que yo dijera en los próximos 20 minutos. Salí de la entrevista con la sensación de que era imposible que me hubiesen cogido hasta que, al día siguiente por la tarde, mientras corría mis 10 kilómetros diarios reglamentarios, me llegó el correo que más feliz me ha hecho hasta el día de hoy: admitida. 

Esos científicos y científicas que en su día me intimidaron tanto (aunque creo que lo disimulé bastante bien) me han contagiado en estos cinco meses que llevo trabajando con ellos su pasión por la divulgación y cada día que pasa me doy más y más cuenta que estoy en el camino correcto. Gracias por hacer la vista gorda cuando en la entrevista metí la pata hasta el fondo porque no me había leído la convocatoria. Tengo 26 años y no quiero pensar en dónde estaré en 5 años, pero lo que sí que tengo claro es que, esté donde esté, estaré divulgando.

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