Oír y escuchar: desentrañando el laberinto de la experiencia sonora

Nota: Este artículo es una actividad realizada para el Diploma de Experto Universitario en Comunicación y Divulgación de la Ciencia (UPV-EHU/UPN). Es la tarea 1.1 de la materia Ciencia y arte: ¿Cuál es la diferencia entre oír y escuchar?

“Oír” y “escuchar” en español, “hear” and “listen” in English, “écouter” et “entendre” en français…y así podría continuar durante varios párrafos. Si algo me ha enseñado la lingüística, es que los sinónimos absolutos -términos perfectamente intercambiables en un mismo contexto- son una especie rara en nuestro diccionario. Por lo tanto, este hecho me lleva a pensar que, aunque muchas veces utilicemos una y otra palabra indistintamente, éstas no significan lo mismo.

Según la Real Academia de la Lengua, “oír” hace referencia a “percibir por el oído (un sonido) o lo que (alguien) dice”. Por otro lado, “escuchar” se define como “poner atención o aplicar el oído para oír (algo  a alguien)”. Dicho de otro modo: mientras que oír es un acto involuntario que funciona independientemente de nuestros deseos ya que es simple y llanamente una vibración de nuestro tímpano como consecuencia de la entrada de las ondas sonoras en el canal auditivo, escuchar encierra la voluntad de entender lo que nos dice la otra persona o lo que sucede en nuestro entorno; por lo tanto, implica un procesamiento voluntario de los estímulos sonoros. Así, las palabras clave para diferenciar ambos conceptos serían “atención” y “voluntad”.

Entonces, si oír es un acto involuntario, en un mundo lleno de estímulos sonoros no podemos procesar toda la información que entra por nuestros oídos. Pensad en una gran ciudad: conversaciones que se cruzan aquí y allá, bocinas, el motor de los coches, la sirena de las ambulancias…Es imposible que nuestro cerebro interprete esa amalgama de información que ocurre al mismo tiempo en un espacio tan reducido. Nos volveríamos absolutamente locos si no tuviéramos la capacidad de seleccionar qué información es relevante y cuál no.

Esta capacidad, además, se entrena. Pongamos un ejemplo: pueblo de 1.000 habitantes, suena la sirena de una ambulancia y, ¿qué ocurre? Inmediatamente todos los vecinos salen a la puerta a ver qué ha sucedido, porque nuestro cerebro interpreta que el sonido de la sirena de una ambulancia es sinónimo de un evento trágico. Por lo tanto, los habitantes de este pueblo han escuchado la sirena. Por el contrario, la sirena de una ambulancia es parte del mapa sonoro de una ciudad, por lo que sus habitantes dejamos de escucharla y pasamos a oírla. Es decir, deja de desencadenar una respuesta en nuestro cerebro, dejamos de procesarla.

Por su parte, escuchar sí que encierra un acto voluntario de atender lo que está sucediendo a nuestro alrededor. Además, esta es una escucha discriminada; esto es, nos permite dibujar un paisaje sonoro de nuestro entorno a través de la integración de los sonidos que lo componen, otorgándonos así de la capacidad de identificar si un sonido está fuera de lugar y actuar en consecuencia. En conclusión, podríamos decir que escuchar, a diferencia de oír, tiene un sentido adaptativo.

Pero, hasta ahora, tan solo hemos hablado de ruidos. ¿Qué ocurre entonces con la música? La música, por ofrecer una definición muy reduccionista, no es otra cosa que el ruido organizado, y ésta es la razón por la que la música nos suele resultar placentera. Frente al caos del ruido, tenemos el orden de la música, lo cual resulta muy agradable para nuestro cerebro. Tanto es así que cuando escuchamos una canción que nos gusta se activan los sistemas de recompensa y aumentan los niveles de dopamina. Además, la música tiene un componente emocional muy fuerte porque activa nuestros circuitos de memoria y puede evocarnos personas y lugares que nos hacen felices.

Sin embargo, no todo el mundo puede disfrutar de la música y esto puede ocurrir por dos razones. Por un lado, hay personas que tienen alguna patología como por ejemplo la fonofobia que se deriva de dolencias como la migraña o el autismo o que, simplemente, no tienen la capacidad de procesar la música en su cerebro y entenderla como tal. Por otro lado, ya hemos hablado de que la música activa nuestros circuitos de memoria, y al igual que nos trae al presente situaciones agradables, puede despertar recuerdos no tan placenteros. Finalmente, entraría en juego una cuestión totalmente subjetiva que sería la del gusto por un género de música u otro.

Debido a la complejidad que encierra la música, es bastante improbable que una canción nos deje totalmente indiferentes. Cuando esto sucede, es probablemente porque no la estamos escuchando, sino que la estamos oyendo. Así, el ejemplo de la música es la perfecta aplicación práctica de esta distinción entre “oír” y “escuchar”; es decir, en el hecho de que una música despierte en nosotros algo o no reside la diferencia entre el acto sensorial pasivo e involuntario de oír y el proceso activo y voluntario de atención y comprensión.

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