Todas las vidas que no viví. Un relato de la esquizofrenia

Nota: Este artículo es una actividad realizada para el Diploma de Experto Universitario en Comunicación y Divulgación de la Ciencia (UPV-EHU/UPN). Es la tarea 5 de la materia Introducción a la Neurociencia "Relato humano sobre una enfermedad mental"

Antes de leer: Este relato sobre la esquizofrenia está basado en hechos reales. Para proteger el anonimato de las personas involucradas, se omiten sus nombres reales y se evita mencionar lugares concretos. 

Para entender la complejidad de la enfermedad que padecen los y las protagonistas de esta historia, hay que aclarar que, al contrario de lo que muchas personas piensan, la esquizofrenia no es un trastorno psicológico, sino una enfermedad psiquiátrica. Por lo tanto, la esquizofrenia es un proceso patológico en el que hay una causa orgánica que normalmente puede tratarse, aunque no curarse, con fármacos. Hechas las presentaciones, vamos con la historia. 

Ana, Juana y Lucía son tres hermanas de entre unos 50 y 60 años. Las tres viven en un pequeño pueblo de apenas 500 habitantes, por lo que todos las conocen y han sido testigos de cómo estas tres mujeres han ido apagándose por culpa de la esquizofrenia. La voz que narra esta historia es la de Lidia, vecina de este pueblo y su enfermera de toda la vida que, ya a punto de jubilarse, quiere dejar constancia de lo que Ana, Juana y Lucía han sufrido y sufren por culpa de esta enfermedad. 

Comenzaremos por Ana, la mayor de las hermanas y a quien más ha trastornado la esquizofrenia. Ana no siempre ha tenido esquizofrenia; de hecho, durante su etapa escolar era una niña extrovertida y afable que sacaba muy buenas notas y se ganó la simpatía y el cariño de todos sus profesores y profesoras. Cuando apenas había comenzado sus estudios de magisterio en una ciudad cercana, a la edad de 19 años algo se rompió dentro de ella. Empezó a volverse más retraída y a desconfiar de todo el mundo, llegando a marcharse del piso que compartía con su mejor amiga Dolores porque estaba convencida de que ésta le echaba veneno en el café. 

Volvió entonces a casa de sus padres y durante los cinco años siguientes su vida fue un peregrinaje por distintos especialistas que explicaban lo que después supo que eran brotes psicóticos como ataques de ansiedad producidos por la situación de estrés que le había supuesto abandonar unos estudios que, en palabras de los médicos, “claramente no eran para ella”. 

Finalmente consiguió su diagnóstico, esquizofrenia paranoide, pero para entonces Ana estaba ya tan desconectada de la realidad que ni siquiera sabía lo que eso significaba. Se encerró en casa y sólo salía de la habitación para comer o ir al baño, porque la medicación la dejaba, como describe Lidia, “atontada”. Los fármacos la mantenían tranquila pero el ruido de su mente no se apagaba. 

Un día, cuando su hermana Juana tocó a su puerta para ver qué tal estaba, Ana no abría, y descubrió con sorpresa que había atrancado la puerta con una silla. Tras varios minutos sin recibir señales de vida, su familia decidió llamar a los servicios de emergencia. Cuando la policía tiró la puerta abajo, se encontraron con Ana sentada en una silla mirando al infinito. “¿Qué te pasa, Ana?”, preguntó un agente. “Eso digo yo, ¿qué pasa? A mí no me pasa nada”, contestaría Ana. Cuando entraron los sanitarios en la habitación para ponerle calmantes y facilitar el traslado a un hospital, la mujer no se resistió porque Ana podría ser muchas cosas, pero no violenta. 

Este fue el primero de sus múltiples ingresos en diferentes instituciones psiquiátricas en las que no han conseguido ayudarla del todo. En los periodos que pasa en casa, no sale porque, según ha mencionado su hermana pequeña en alguna ocasión, le pone muy nerviosa el contacto con la gente y no sabe cómo actuar. El hecho de que físicamente se le note que algo no va bien en su cabeza (tiene lo que muchos de sus paisanos y paisanas llaman “cara de loca”) tampoco facilita que pueda establecer lazos con otras personas. 

Juana no está formalmente diagnosticada, pero por su comportamiento Lidia sospecha que puede sufrir la misma enfermedad mental que su hermana mayor, si bien en el caso de Juana no ha sido tan agresiva con ella. De hecho, durante un periodo de su vida trabajó con personas con necesidades especiales, pero los familiares de éstas se quejaron porque no querían que estuviesen bajo los cuidados de una mujer como Juana. No es que se portara mal con estas personas, pero dada su condición no conseguía ayudarles. Finalmente, tuvo que abandonar su puesto de trabajo y actualmente subsiste con una pensión de incapacidad. 

Por último tenemos a Lucía, la menor de las hermanas y la única que no sufre esquizofrenia ni ningún tipo de trastorno mental, pero a quien la enfermedad de Ana y Juana le ha afectado casi tanto como si la padeciera: ha sacrificado su vida por su familia, su plan vital es velar porque sus hermanas vivan lo más dignamente posible. 

Las personas que padecen una enfermedad mental al igual que Ana y Juana se ven expuestas a la sobremedicación, a que les aten, al aislamiento, y a toda una serie de cuestiones que las acaban anulando como personas; porque no nos olvidemos, Ana y Juana también son personas como tú y como yo. De igual modo, sus familiares más cercanos se convierten en cuidadores y cuidadoras, siendo también víctimas de una enfermedad que ni siquiera ellos y ellas padecen.

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